Entre dos patrias,ninguna: Sobre el dolor del migrante, la politica de Gastarbeiter y el rock turco
“Gurbet”
(Ozdemir Erdogan)
Kime desem derdimi ben bulutlar
Bizi dost bildiklerimiz vurdular
Bir de gurbet yarası var, hepsinden derin
(¿A quién le cuento mis penas, nubes?
Aquellos que creíamos amigos nos traicionaron.
Y la herida del exilio es más profunda que todas.)
Y una cosa queda clara, incluso sin entender una palabra de turco: esa canción no se
escucha, se sobrevive.
Corría el año 1961 cuando Alemania Occidental, todavía sacudiéndose el polvo de la
posguerra, firmó un acuerdo con Turquía. El país necesitaba manos para sostener su
repunte económico, y Turquía, con una población joven y desempleada, ofrecía una
solución fácil. Así nació el programa Gastarbeiter 1 (literalmente trabajadores invitados). La
ecuación era fácil: iban a trabajar, a ahorrar, a volver. O eso se les prometía. Alemania no
los consideraba como inmigrantes, mucho menos como futuros ciudadanos. Eran fuerza de
trabajo descartable, sin lugar en los libros de historia ni en las celebraciones patrias.
Ahmet fue uno de esos tantos. Tenía veinticuatro años y venía de un pueblo seco, lejos del
mar, en las afueras de Kayseri. Su padre, un carpintero callado, le había puesto una mano
en el hombro antes de partir: “Ve, oğlum. Pero no te olvides de quién sos.” Era 1973 cuando
cruzó Europa en tren, con un bolso gastado, un abrigo demasiado fino para el invierno
alemán y una foto de su madre en el bolsillo.
Empezó en una fábrica de autopartes en Essen. Después en otra. Y otra más. Su alemán
era mínimo, pero con eso le alcanzaba. El silencio, con el tiempo, se volvió su primer
idioma. A veces, en los descansos del trabajo, lo veían encender un cigarro, apoyar la
espalda contra una pared y tararear Gurbet. No cantaba. Rezaba.
Alemania no lo maltrató. Tampoco lo abrazó. Fue indiferente. No sabía qué hacer con sus
oraciones, con su música, con su nostalgia. Le pagaba el jornal. Y nada más. Esa forma de
extranjería (sin odio abierto pero sin pertenencia) puede desgastar más que cualquier otra.
En 1974, con la crisis del petróleo, Alemania cerró las puertas del programa. Pero muchos,
como Ahmet, ya estaban instalados. Volver, a esa altura, era deshacer años de vida. Ya se
había casado, y tenía dos hijos. Estos últimos crecieron entre dos lenguas y ningún suelo
firme. En casa hablaban turco, en la escuela alemán, y en la calle una mezcla que no
figuraba en ningún diccionario. Aprendieron pronto a hacerse los distraídos cuando
preguntaban por su apellido. A reírse si les decían “¿comen kebab todos los días?”.
Los domingos, Ahmet ponía en su tocadiscos el disco de Ozdemir Erdogan. Se acostaba,
cerraba los ojos, y dejaba que dijera lo que él no podía. Porque la canción no hablaba de la
pobreza ni del trabajo esclavo. Hablaba de la otra miseria. La de estar rodeado de gente y no tener con quién hablar de lo importante:
Bulutlar yarime selam söyleyin
Kavuşma günümüz yakınmış deyin
Felek yardan ırak koyduysa bizi
Gurbet elde bir başıma neyleyim?
Nubes, saludad a mi amor
Decidle que el día de reencuentro está cerca
Si el destino nos separó por la distancia
¿Qué haré solo en tierra extraña?
A fines de los ochenta, el gobierno alemán ofrecio los “premios al retorno”
(Rückkehrprämie) 2. Plata para irse y no volver, básicamente. Pero para Ahmet, volver era
volver a ninguna parte. El almacén que había soñado abrir con su hermano nunca se abrió.
Su casa en Kayseri ya no era su casa (aunque la de Alemania, tampoco)
En 1993, los incendios en Solingen y Mölln 3 lo dejaron mudo. Había dejado su juventud en
este país, y aun así seguía siendo un ausländer. Un extranjero. Siempre.
Una vez volvió. Fue en el 97. Caminó su pueblo, pero ya no tenía olor a infancia. Las caras
conocidas habían desaparecido. Se sentó frente a la antigua mezquita, y supo que ese
lugar tampoco lo esperaba. Volvió a Alemania. Allá, su nieto (alemán puro de idioma, de
escuela y de acento) le preguntó qué quería decir Gurbet.
Ahmet no respondió. Solo fue hasta el estante, puso el vinilo de siempre, y dejó que
Erdoğan contestara por él. La voz era la misma. La pena también. Y mientras la canción
avanzaba, Ahmet miró por la ventana y entendió que Gurbet no era un país. Ni una ciudad.
Era un estado del alma.
Hay personas para las que el mundo nunca es casa, sino pasaje. Gente para la que cada
tierra es prestada, cada idioma es préstamo, y cada día es el intento de que te acepten. Y
entre ellos están los Ahmet, los que levantaron países sin figurar en las estatuas, los que
criaron generaciones sin ser considerados propios.
Cuando Gurbet suena en un apartamento de Düsseldorf, no es música. Es testimonio. Es la
voz de los que viven en tránsito eterno, con los pies en un lado y el corazón en otro. Y a
veces, en ninguno.
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